I
Espero durante 10 minutos. Lo sé porque miro mi reloj reiteradamente. He llegado tarde e imagino que mi espera es una lección de puntualidad que Oscar me da sin saberlo.
Espero impaciente , miro mi reloj y miro también a la gente que entra y sale, yo en cambio sigo en el mismo lugar, impaciente, impaciente y algo molesta.
De pronto lo veo, y él me vé sin mirarme. Apurado se abre paso entre la gente, cruza frente a mí y no se detiene. Retorna con la misma prisa y nuevamente entra a su oficina, yo espero, sigo esperando.
Me piden que pase. Al fin lo tengo frente a mí, al fin me mira. Lo saludo cortés pero fríamente, me desquito por la espera, sin embargo, él me sorprende, extiende su mano buscando la mía, la toma y me sorprende la la calidez envolvente de su saludo, me sonríe y yo... le sonrío.
II
Es de noche y siento frío. Hemos caminado uno al lado del otro casi por una hora. No estamos cansados, al menos eso parece, yo acostumbro caminar por las noches para reflexionar y presumo que él lo hace por comodidad.
La charla es entretenida, reímos hablando de todo y nada. Mientras lo escucho hablar de películas que nunca ví ni veré y de personajes cuyo nombre desconozco, pienso que tenemos muy pocas cosas en común, para justificarme lanzo una pregunta que lo haga pensar en que eso no tiene nada de extraño, entonces, le pregunto "por qué crees que he visto lo mismo que tú", sonríe porque le divierte y sorprende mi comentario, repite para sí la pregunta y una vez más me sonríe.
De pronto sus manos tocan mis dedos, me pongo nerviosa y para evitar ser descubierta, le digo "mis manos siempre están frías, no te sorprendas, así me pasa". Intento disfrazar mi nerviosismo, pero no lo hago bien, mucho menos cuando sus dedos lentamente cogen uno a uno los míos. Mi confusión no me permiten corresponderle, pero su determinación hacen que tome mi mano conectándonos en ese lugar y tiempo. Ahora caminamos juntos, hablando de todo y nada.
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